"Es que yo no se si fuí yo...o..."
Asunción volvió a verlo.
Y se comprobó así mismo, que ya no era
el mandamás.
En esta ocasión, era el chiquillo quien lo precisaba.
Y por alguna
razón, se descubrió a sí mismo, con su mano derecha encima de la empuñadura de
su revólver.
Ya para ese momento, los guardaespaldas nerviosamente se
aprestaban a sacar cada uno su armamento.
- ¡Quietos todos! – Les ordenó Asunción.
Y ante la potente voz de mando emitida.
Se quedaron como
petrificados.
Fueron segundos de inacción.
Y como en cámara lenta, obedecieron
la orden emitida.
Fue tan fugaz esa acción, que el chiquillo ni se inmutó.
Y en
verdad, no aquilató cuanto aconteció.
Pero él también obedeció esa orden.
- ¿Qué está pasando Asunción? – Balbuceó aún sin poder comprender
con exactitud lo que ocurrió.
Asunción, miraba con rudeza a los tres guardaespaldas. Como
precisando a cada uno, en caso de que alguno de ellos desobedeciera su orden y
se volviera loco.
Pero todos fueron muy obedientes.
Y colocaron sus manos muy
arribas de sus cabezas.
Y solamente cuando el valeroso capataz se comprobó a sí mismo que
el peligro ya había pasado, fue cuando le prestó atención al hijo de su jefe.
- ¿…Qué está pasando Asunción?
- Ya pasó todo, Andresito. Ya pasó todo. – Y acto seguido, le
hizo señas al jovencito hacia dónde minutos antes, éste mismo había reprimido a
más de dos docenas de peones.
Cuando el chaval volvió a mirar, los consiguió a casi todos
echados en la tierra.
Acostados y aprovechando esta confusión, para ellos
descansar. Y en esa faena, ya llevaban muchos minutos.
Ya hasta algunos estaban
dormidos.
Todos los trabajadores, se
sumaron a este improvisado cese de funciones.
El jovencito se olvidó de todo este percance y llenándose
súbitamente de cólera. Corrió hacia su puesto de mando. Chillaba sin cesar.
- ¡Malditos flojos! ¿No quieren trabajar ya?
El capataz, blandió su largo látigo y comenzó a lanzar latigazos
a diestra y siniestra.
Al instante, todos comenzaron con su faena.
En segundos apenas,
se reactivó la acción.
Y no eran los chillidos los que causaron el pánico.
Fue la rudeza
del capataz, quien con su látigo en manos, los amenazaba y sometía.
Pronto se reanudó el bullicio laboral.
Sin embargo, los chillidos del infante no cesaban.
Ya el capataz
había guardado su largo látigo.
Y comenzaba a aquilatar cuanto sucedía.
Observó con detenimiento
a los escoltas y al chiquillo.
Le hizo señas a Medina y éste se acercó nuevamente.
Le hizo
señas, como para que aguardara a que el chillón se aquietara. Lo cual sucedió,
un poco después, ya que se estaba quedando mudo de tanto chillar.
La trilogía de escolta, causaba cierto resquemor.
Pero, éstos a
su vez, temían al capataz y se cuidaban de este. Ya sabían de antemano, de la
velocidad y de lo preciso que ejecutaba sus disparos.
Y también estaban conscientes
de la tremenda sangre fría con que ejecutaba a sus oponentes.
Y por estas
razones…Le temían.
Y porque además
sabían que no estaba solo.
Contaba con sus propios hombres.
Los cuales,
no temían caerse a tiros con quien sea.
El joven, una vez que se quedó mudo de tanto berrear y relinchar,
se bajó de su sitial de poder y se acercó hacía donde estaba su capataz y
Medina.
Sus escoltas, se movieron pesadamente detrás suyo.
- …Perdóname Medina… ¡Es que estos haraganes me hicieron enojar!
El viejo, estaba extasiado, contemplando al que consideraba como
su propio hijo.
- No mi amito…Dispénseme usted…No quería interrumpirlo…
- ¿Ah, ya te diste cuenta? Por tu culpa…”Esos” se aprovecharon
para echarse. ¡Bandidos!
- …Si mi amito…Perdóneme usted.
En este momento, el capataz con mirada de pocos amigos, le
increpó de la siguiente forma:
- Lo único que vino a pedir Medina, fue que lo dejes trabajar. El
no está pidiendo limosna.
El no te está
pidiendo ni comida ni nada más…Sólo que lo dejes trabajar.
- ¿Ah…Eso es lo que me estás pidiendo?
- Si patroncito. Sólo eso.
- ¡Debiste habérmelo dicho antes!
- Andresito…Ya te lo pidió. ¿Acaso ya estás sordo?
- …Es que Asunción… ¡Esos flojos me cargan loco!
¡…Esa es tu
responsabilidad!
Yo tan solo te estoy ayudando. Apoyándote.
- No necesito de tu apoyo ni de tu ayuda, para ejecutar mi propio
trabajo.
- ¿Ah no? ¿Y por qué permitiste que se echaran?
- ¡Tú eres el que te la ha pasado berreando y chillando! ¡Hasta
te quedaste ronco!
- Asunción…Te vine a apoyar. Sé agradecido conmigo. Mira que
hasta me estoy quedando ronco.
Reconóceme aunque sea esto.
El duro caporal, frunció su ceño.
Andresito lo apreció y cambió
automáticamente de tema.
- Bueno…No importa. A ver, dime Medina.
¿Qué es de tu vida?
- Buscando trabajito amito.
- ¿Y por qué no te vas a la ciudad?
- ¿Yo a la ciudad? ¿A qué?
- No dices, que estás: ¿Buscando “un trabajito”?
- Sí, pero no entiendo…
- Allá dicen que le están dando trabajitos a todos los que lo
buscan. – Y de repente, detalló el rostro apretado de Asunción. Tragó
fuertemente.
Y le dolió, ya que su garganta estaba sumamente irritada. Se llevó
ambas manos hacia su garganta y trató de tragar pero con mucho esfuerzo.
- ¿Entonces…Le vas a dar trabajo sí o no, a Medina?
Con sus manos, le hizo gestos de auxilio.
Medina corrió a
auxiliar a su infante de antes.
Pero éste lo rechazó solemnemente.
- ¿Pero qué podría hacer aquí? – Le espetó a su mayoral.
- Muchas cosas.
- ¿Y cómo qué?
- Puede cuidar de que no se pierdan o se dañen los huacales.
Puede estar pendiente de que cada camión sea correctamente llenado.
Puede
coordinar que todos estén correctamente en sus puestos. Puede guiarte a ti
mismo, de cómo se deben ejecutar cada trabajo. Él puede hasta a informarte de
cada cosa que esté pasando.
Y en vez, de estar como una gallina clueca,
cacareando y cacareando, seguramente que con este señor, ya verás que “tu
trabajo” se te hará mucho más suave.
Cuando le dijo lo de estar “cacareando y cacareando” sus escoltas
lanzaron sus risotadas y se reprimieron ante la mirada inquisidora de su
jefecito, quien los miraba con odio en su mirada.
El jovencito se sintió humillado. Pero, sabía perfectamente que
las llevaría todas de perder si se atrevía a ripostar a su caporal.
- ¿Quién de ustedes tres es el más imbécil? – Los espalderos, dejaron
de sonreír. Y pusieron
La peor de sus caras.
- …Cuidado mocoso… - Lo sentencio Aníbal, uno de los más
siniestro de sus espalderos.
- ¿…Imbécil yo…? – Preguntó César, otro de sus espalderos. Los
tres tenían sus manos prestas a blandir sus pistolas. El infante, se asustó y
no supo ni que contestarles ni mucho menos, el que hacer.
E instintivamente, se
refugió en su mayoral.
Ubicándosele detrás. Pero ya astuto Asunción, tenía su
pistola en su mano derecha.
- ¡Quietos todos! ¡Guarden cada uno sus armas!
- ¡Nos está ofendiendo Asunción…!
- ¡Baja tu arma ya! ¡Y tú y tú…También!
Los cuatros, portaban sus armas. Y fue cuando los espalderos,
comprobaron que de los hombres de Asunción…Estaban ya preparados.
Los
amenazaban con los rifles listos para
tirarlos a cada uno de ellos.
Aníbal, hacía señas de que todos se calmaran.
Y volviéndose hacia
sus colegas les ordenaba que depusieran sus armas.
Y cuando, sus dos compañeros
bajaron sus pistolas, él procedió a hacer lo mismo.
Le mostraban sus manos
limpias a Asunción.
- …Asunción…No nos gustan que se mofen de nosotros.
- Nosotros somos machos. – Gritó Cesar.
- Y ese mocoso, ya nos ofendió. Hoy mismo voy a hablar con don
Andrés.
- Sí y no vamos a seguir aceptando que nos grite y nos veje, como
lo hace ese mocoso de mierda.
- Pero ustedes se rieron de él. – Les contestó Asunción saliendo
en defensa del mocoso, quien en ese momento, salió de su escondite y los
enfrentó envalentonado, con la súbita defensa de Asunción y sus hombres.
- ¡De mí nadie se burla! ¡No ha nacido el primero que viva para
contarlo!
En ese momento, Asunción se volvió hacia él y bajando la voz, le
increpó lo siguiente:
- ¡Si sigues cacareando como una gallina clueca…Aquí mismo te
dejo!
- ¡No Asunción, ni loco hagas eso! Está bien, me callaré.
Todos bajaron sus armas y la calma y la paz, volvieron a reinar.
Y en un mirar de repente. Andresito, comprobó que nadie estaba
trabajando. Todos estaban pendientes de todos estos incidentes.
Quiso chillar,
pero de su garganta salió un ronco sonido. Tan solo se apreciaban sus brazos y
su muy ondulante sombrero. Pero la verdad, era que ninguno le prestaba
atención. Y aunque lo vieran…No le temían.
Y viéndose impotente, le informó a
Asunción, quién al volverse a mirar a los trabajadores…En el acto reanudaron su
faena.
- Medina… - El sirviente no pudo escucharlo bien.
Pero entendió
que era a él a quién su amito se dirigía.
Su voz era gangosa y ruidosa.
- Dígame amito… - El mocoso, trataba inútilmente de hablarle…Pero
ya estaba ronco y su garganta enrojecida, le ardía y le ocasionaba mucho dolor.
- ¿Qué me querrá decir? – Se preguntaba Medina, muy angustiado.
- ¿Quieres que el señor, comience ya a trabajar? – Le consultó
toscamente su mayoral. A lo que el joven, ahora mudo, hacía señas afirmativas.
- ¿Entonces lo pongo a trabajar ya mismo? – El jefecito movía
afirmativamente su cabeza.
El sombrero, ya lo tenía obstinado.
Ciertamente que
lo protegía de ese ardiente sol, pero el viento lo cargaba a monte. Y ya
obstinado, se lo quitó y lo lanzó con furia al piso. Pisándolo con mucha
cólera.
Medina, corrió y agarró al dichoso sombrero, antes de que éste lo
destruyera.
- Amito…Ese sombrero debe valer toda una fortuna…
- ¡M i e r d a! – Alcanzaron a entender los que lo oyeron.
- Bueno Medina, es mejor que se quede cerca de Andresito y no lo
deje hacer más locuras.
- ¡Sí señor Asunción! ¿Y qué hacemos con su sombrero?
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