¿...Y para qué mas...?

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“¿Y para qué seguir viviendo…?”






Cuando el mucho vivir, trae este tipo de vicisitudes
y te hace pensar…Meditar y hasta dudar
Porque; ¿para qué tanto vivir…?
Si luego te toca dormir…








Prolongada esa tarde en la que el bullicio de los transeúntes, aunado al sonido de diversas bocinas amparadas en esas colas interminables en donde muchos choferes de carros, autobuses y los diversos automotores; se degradan a bestias insensibles  en procura de sangre a costa de los pobres peatones que ‘abusan’ al pasar frente a sus potentes máquinas. ¡Qué desfallatez!
Caminaba en medio de ese caos tan cotidiano que nos hace ver normal, la forma como se abusa del mas débil   -y en este caso son los ancianos, las mujeres embarazadas y los niños-   que osen atravesar la calle sin el consentimiento y la aprobación de esos benditos seres que dejan su ‘humanidad’ por la premura.
Veo a una ancianita que por su edad tan avanzada, se le hacía muy difícil atravesar esa avenida.
(Y es que en esos momentos y contemplando lo que veo; es cuando pienso ¿Vale la pena vivir tanto…?)
Ante ella transcurrían a velocidades exorbitantes.
¡Zúas! ¡Zúas! Corren como ánima ¡que lleva el diablo!
¿Es que un segundo es tan importante?
Que son capaces de llevarse por delante; ¡todo lo que se les atraviese?
Plagando con su furor un ruido ensordecedor. Contaminando con smog y toda clase de partículas…
La ciudadana en cuestión, portaba un palo que le servía de bastón, con unos lentes tan enormes que  ¡por allá a lo lejos se les divisaban sus pupilas! Delgadita.
De apariencia muy frágil…Si hasta parecería que se iba a doblar en tres o en cuatros…O que el viento la elevara tal fuese un papagayo; en cualquier momento.
¡Qué angustiosa fragilidad!
Y casi en el acto me doy cuenta de una joven que al ver en el dilema en que se debatía esa noble dama antañona corrió en procura de ayudarla en lo que pudiera.
Y ya cerca, escucho a  la ancianita, cuya voz parece un suspiro escapado en lontananza…Con esa vocecita que parecía que se le iba a reventar.
- …Ay hija…Muchas gracias. No debiste molestarte por venir a ayudar a una vieja que ya nadie soporta. – Una hondonada de polvo se dispersó obstaculizándome el poder escucharla mejor. La viejita tosió con mucha premura, mientras la jovencita trataba de protegerla a toda costa.
(Era que pasó un camión, cuyo motor al acelerar con fuerza, soltó una llamarada de humo negro que se mezcló con el polvo del camino…Y su resultado fue: ¡nefasto!)
- No se preocupe doñita. – Le dijo la buena muchacha.
- ¿Va a atravesar la avenida…?
- Es que no me dejan. – Se quejó amargamente.
- Llevo ya rato y cuando lo intento… ¡Viene un carro a alta velocidad y me pita; para que no lo moleste!
…Ellos son los dueños y señores de las carreteras…
¿Y qué puedo hacer…? – Se refería a que hay muchos conductores que se molestan por verse obligados a detener sus máquinas, para que pase un anciano.
¡No quieren perder ni siquiera unos segundos en esto!
- Ya vamos a intentarlo de nuevo.
- Será para que me maten. A los viejitos como yo, ¡nos quieren matar esos desgraciados! – Le aseguró muy segura de lo que le hablaba. La chica volteó a ver si se podía en ese momento.
Pero estos pasaban en estampida.
Levantó su mano y pidió la colaboración; ¡pero los tipos se hacían los ciegos y aceleraban violentamente!
- ¿Viste? ¡Son unos asesinos! – Le recriminó molesta. – Ya tengo mucho rato y no me dejan pasar. – Concluyó con pesimismo.
Pasaron varios minutos y el flujo vehicular iba en crecimiento.
- Esperemos un rato mas. – Le aconsejó mientras le tomaba su mano en un vano esfuerzo para que esta no se le soltara y emprendiera ella misma ese cruce tan mortal.
Aprovechó un pequeño descenso y en un minúsculo instante se dibujó un espacio claro, que le indicaba que corriendo ambas quizás podrían transitar sin el mayor peligro; pero la centenaria señora daba muestras de no poder hacerlo.
¡Tremendo dilema se le estaba enfrentando!
Quería ayudarla…Pero ¿Cómo?
Corría el riesgo de que un conductor loco se las llevara por delante.
A la final, se unieron varios de los presentes y se ofrecieron a ayudar en tan complicado plan.
Uno a uno, se fueron desplegando.
(¡Qué hermoso el poder presenciar a unos ciudadanos que se unen para un bien común!  …No es muy frecuente; ¡pero cuando se esmeran…! Logran efectos mágicos y efectivos.  –Claro cuando les da “la gana”-)
Lentamente lograron con el concurso de todos, amansar a esa extraña bestia que clamaba por sangre.
Algunos se pararon   -no porque quisieran-   sino porque se vieron impedidos en poder avanzar en su recorrido.
¡Hasta que al fin! Movieron a la ya mortificada ancianita.
Todos siguieron con impaciencia el transitar tan lento y dificultoso de esa tan antigua señora.
Era muy gratificante el ser testigo de esto.
Quien creyendo que lo hacía a gran velocidad…Pero es que le costaba mucho mover cada una de sus marchitas piernas, mientras su ya desgastado cuerpo sufría los rigores de tan apresurado andar.
Pasado unos minutos, los que habían parado el tránsito vehicular,    -al ver que ya lo había pasado la viejecilla-    retornaron a sus diversas funciones y despejaron la vía para que los dichosos choferes pudieran reanudar su faena.
- ¡Ay hija Dios te lo pague! – Le bendijo la vieja tratando de ponerle la mejor de su cara.
De repente se percató de un hermoso collar que portaba la joven en cuestión y sin perder un solo instante, le preguntó…
- ¿Y esa joya tan preciosa…Es tuya…? – Ruborizándose le respondió…
- …Un recuerdito de mi Santa Madre…
- ¿Y cuánto le costó…?
- ¡Mucho! Fue un regalo de su madre; y ella me lo heredó…
- ¡Pero debe costar una fortuna! – Y diciéndole esto, le arrancó la prenda del cuello de la chica…Ante la mirada atónita. Quién se llevó sus manos, pero ya no estaba allí.
La anciana la tenía en sus manos y de repente…
Miró a un lado y luego a otro y le dijo  muy  ofendida…
- ¡Me las has robado! ¡Ladrona! ¡Asesina!
¡Auxilio esta mujer me quiere robar. ¡Policía!
¿Y por qué me trajiste por esta calle…? – La buena moza la miró extrañada y le respondió…
- Regréseme mi collar que para mí vale demasiado. Por favor.  
Doñita, lo único que he hecho es ayudarla a atravesar la avenida…
- ¡No chica, no! ¡Me estás llevando para otra parte! – Y mirando sin reconocer a nadie, ni a nada…
- ¡Esta me quiere secuestrar! ¡Auxilio! ¡Socorro!
¡Esta loca me quiere robar mi collar! – Y comenzó a formar un berrinche ¡de Padre y Señor Mío! – Ante este cambio súbito yo mismo acudí cerca de la asustada moza.
Estaba anonadado. No entendía nada.
Pero el caso es que aquella imagen ‘endeble y frágil’ se transformó en una persona iracunda. Un demonio en acción.
Que chillaba como una desaforada. ¡Qué fuerza!
¡Qué resolución!
Con una voz tan ronca…Que se escuchaba a varias cuadras
Temiendo por la seguridad de la afligida señorita le sugerí…
- Mejor te vas. Al parecer se equivocó de calle y te está culpando de todo.
- ¡Qué me devuelva mi joya, que es un regalo familiar!
Por favor… ¡Pero si yo lo único que quise fue ayudarla!
¿Por qué me trata así…? – Pero ya la vieja lanzaba gritos como una loca, llamando la atención de todos los presentes y no se cansaba de culpar de todos sus males a la ingrata chica, y esta cayó en un nerviosismo loco…
Y ya muy asustada, arrancó a correr en dirección contraria, mientras la anciana pegaba berridos como una recién nacida.
Al instante se detuvo una patrulla y la vieja poseída por un espíritu quisquilloso nos acusaba a todos porque pretendíamos secuestrarla…Pero mas se ensañó con la pobrecita que ya iba como a unos sesenta metros y la señalaba con mucha insistencia. Sus ojos le brotaban.
Ya no era la “pobrecita viejecilla, desamparada, sola y triste”
¡Qué metamorfosis tan extraña! – Pensaba mientras era espectador de ese giro tan extraño que nos da esta vida.
Los policías corrieron y la apresaron.
La trataron como una vulgar maleante.
Como “una roba – viejita” Y por mas que muchos de los presentes abogamos por la pobre…Se la llevaron presa.
Y yo me salvé…De casualidad. Porque pretendían llevar preso a todos los que se opusieran a que la autoridad, ejerciera sus derechos.
Pronto se fueron. Se les olvidó llevarse a la causante de toda esa desgracia, la cual quedó a sus expensas…
Sola en plena calle. ¡Qué dicotomía tan acentuada!
Y al verse sola…Se transmutó en indefensa y desvalida ancianita que requería del auxilio de cualquiera; solo que esta vez…La dejamos sola. A sus expensas.
Mientras mascullaba sus maldiciones e injurias; cosa que no quise escuchar.
…Cosas de esta vida…





   
















© Bernardo Enrique López Baltodano 2017









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“Narraciones misteriosas de:
Bernardo”












“Cuando abrí mis ojos…”









Porque  en  este  mundo
en   ocasiones
aun  andando con  los  ojos
bien abierto:  ¡Nada  vemos!








Recobré esa alegría de tiempos pasados.
Cuando con esos seres yo trataba.
Y los sentí…Cómo si en realidad estuviesen a mi lado, codo a codo, cara a cara.
¡Hasta su respiración sentía!
Con esa calidad de impresión, que en muchas ocasiones he quedado en la nebulosa.
(Y de nebulosa a densidad, a abismos insondables…)
La respiración y los latidos de mi corazón se acompasaron al de ellos.
Un acercamiento muy propicio, que me ennobleció esos momentos tan vividos y reales, por lo menos para mí.
Y aun cuando físicamente han partido, esa fragancia que sentí me alegro ese día.


¿Por qué la realidad se esconde
En nuestras vidas?
Como la muerte anula nuestras artes.
Y en verdad es tan tenue
la realidad de la fantasía…


¡Qué alegría sentí, me emocioné gratamente!
Son ese tipo de sensaciones en que uno queda: ¿Será o no será?  
…Ha de ser; o serán espejismos…
Vi a mi tío tan verídico en sus gestos y ademanes, en sus constantes salidas jocosas.
…Me pareció verlo…Aquí, tan en vivo…
Lo vi haciéndose el serio ante una de mis bromas.
(¡Mientras su panza revoloteaba de vaivén en vaivén!)
Mi tía riéndose a hurtadillas.
Sus gestos muy de ella…Tan característicos.
Mi primo en su forma de hablar, de ser y se expresarse.
Tratando de hablar de lo mas serio, pero yo que lo conocía, sabía que estaba por reventarse en risas.
En el momento justo en que andando con ellos, mi primo miraba hacia la parte mas alta de los árboles.
De la forma como su padre (mi tío), lo instaba a mirar cada vez mas y mas alto.
De la forma como compartía con ellos, y aun cuando sabía que alguno de ellos ya no estaban físicamente con nosotros…
Sin embargo en ningún momento nos dimos por enterados.
Era como una verdad, que ya todos la conocíamos pero que en ninguna forma obstaculizaba nuestro encuentro.
Fue un aliciente inesperado.
Me sentí muy reconfortado.  Hasta podría agregar que esa catarsis permanecía en mí.
Y a decir verdad, no supe en qué momento salía de aquellos ‘estados alterados’  y entraba a este mundo denso, en donde he convivido desde hace tiempo.
(Aun cuando no sé precisar con la certeza que el caso amerita, pues  tengo la sensación de que mas tiempo he andado por aquellos derroteros.)
Hice conciencia en medio de mi lucidez puesto que a veces creemos andar en la realidad…Pero en esa sensación nos hemos de quedar.
Porque lo denso en ocasiones, se vuelve pastoso y en su defecto…Desaparece.






















© Bernardo Enrique López Baltodano 2017        







                                                                                                                                     

                                     
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Corro el riesgo de que no me lo creas...Pero

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Las narraciones de:
Bernardo
                 








“Me encontraba…”









“Porque cuando ha de suceder…
Cuando menos pensar puedas,
Algo te pasará…
A tú lado o cerca de ti…
Y nadie, ni nada
Lo ha de detener…”










Me encontraba en mi cuerpo…Pero ausente en pensamientos. Cómo un autómata procedía.
Sabía que tenía que alimentar a los perros y en eso estaba abocado.
Sin tomar en cuenta nada lo concerniente a lo que me rodeaba.
Tan ensimismado me encontraba, que todo cuanto hacía ya formaba parte a un patrón muchas veces efectuado.
Son dos los caninos, uno macho cuyo nombre es: Sebastián Felipe y la hembra, de nombre: Mía.
Ya ellos hacen mecánicamente todos los protocolos. Ellos saben que tienen que echarse, con su cabeza pegada al suelo y esperar a que pase a su lado y les sirva su alimento.
A ella, en la casa de ellos.
Y a él: En el muro del patio de la casa.
Una vez que yo termine de servirles, deben esperar a que salga del patio, entre a la casa y cuando lo crea pertinente, les de la señal para que ellos corran cada uno a comer.
(Puede hasta oírse algo estrambótico, pero es la fórmula que he encontrado para que al servirles su alimento cotidiano, no me estén encima todo el tiempo.)
Pero esa noche, algo subrepticio está aconteciendo…Y no me di cuenta.
Y para cuando ya tuve conciencia: ¡Fue muy tarde…Para mí!
No sé precisar muy bien, cómo fue que sucedió.
Lo que me recuerdo fue esto:
Cuando yo estoy pasando   -ya después de haberles servidos a los dos-    rumbo a la casa, se me apareció algo deforme e inmensamente grande, grotesco y brusco.
En principio me di cuenta, cuando ya lo tenía encima mío.
¡Yo me defendí con todas mis fuerzas!
Me sujetó y me lanzó por los aires.
(Entendí que era muy alto, porque el par de caninos levantaron todo lo que pudieron sus cabezas para seguirme viendo.)
Y estando en lo alto, pude visualizar a mas de quinientos metros a la redonda.
¡Hasta pude detallar los que caminaban por la avenida que queda cerca de la casa!
Una oleada fría me sacudió     -será debido a la velocidad en que me desplazaba-    y sentí una especie de mareo, producto a la alta velocidad en que me había lanzado  “esa cosa”
El caso es que cuando temí que pronto caería traté de asirme a algo para no caer de semejante altura.
En ese preciso instante transitaba una bandada de pericos, de esos que son muy chillones, y les pedí que me ayudaran…Pero ninguno me hizo el menor de los casos. (¡Es que son unos…Granujas!)
Desesperado logré alcanzar a uno…Por la cola.
¡Pero con la astucia inherente a ese pajarraco me esquivó con destreza!
Y tan solo me pude quedar con una de sus plumas. (¡Malayo mil veces!)
Caí en “caída libre”, el silbar producido por mi cuerpo al descender…Me crispaba mis nervios.
Mis vísceras se arremolinaban impetuosas…
El caso es que sin comprender y sin entender…
¡Me vi en cuerpo entero, aterrizando dentro de la casa!
Afuera los dos guardianes, miraban arriba y luego hacia donde me encontraba.
(Y me observaban ¡cómo si yo fuese un extraterrestre!)
Entiendo que nunca pudieron comprender tan extraño fenómeno. Pero seguían pendiente de la orden mía, para proceder a comer.
(Comprendí y asimilé…Qué solo les interesaba: ¡Su comida!)
Así que levanté mi mano y les indiqué:
¡Coman!
Ambos corrieron veloces a devorar cada uno su ración. (¡Qué tiernos!)
No les importaba mi perplejidad, ¡para nada!
Mientras yo, trataba de explicarme a mí mismo, que fue lo que me ocurrió…
Y hasta el sol de hoy, sigo: ¡Boludo!
































© Bernardo Enrique López Baltodano 2017        









                                     
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En cacería...

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“En cacería”





Mi tío Román me invitó a ir “por ahí”    -no me quiso revelar adónde-     y yo acepté en primera instancia. Nos fuimos en su camioneta y durante el viaje, me estuvo contando chistes tras aventuras de su vida    -¡todas jocosas!-    y en realidad no me importaba si él era siempre el único con poderes extrasensoriales o el Superman en todos sus muy emocionantes relatos.
Debo reconocer que fue muy largo ese trayecto y ya no soportaba mas reírme de todas sus jocosas dicotomías. (Mis mandíbulas las tenía ya ¡trabadas!)
Y ya cuando se acercaba la medianoche, me dijo…
- Sobrino ya estamos por llegar y hasta este momento has sido muy valiente.
¡Y espero que no te me vayas a rajar!
- ¿Rajarme yo…Y por qué? – Le espeté ofendido, no entendía el sentido de su afirmación.  Él me escuchó y se le dibujó una amplia sonrisa en su rostro.
Entendí que él se sentía satisfecho con mi acción tan rápida.
- Estamos llegando a la selva. Este es un sitio muy peligroso.
Te aconsejo que no te separes de mí. –Me miró seriamente, como para ver si ya había captado lo grave de esta situación y cuando vio que lo aceptaba de buen grado, se sonrió-   y carraspeando mejor su garganta me dijo…
- Y para serte mas especifico…
Estamos llegando a una zona que limita Nicaragua con Costa Rica. – He de reconocer que esta información me satisfizo mucho.
¿Estar en plena selva…?  
¡Era un reconocimiento de mí tío, en que ya yo era un Hombre!
A pesar de que apenas contaba con unos quince años (Casi).
Me sentí muy orgulloso y hasta agradecido por ese gesto en que denotaba que confiaba en mí.
Pasamos unos cuantos kilómetros. Atravesamos unos ríos que   -a mí en lo personal-   me parecieron muy profundos, ya que el agua llegaba a casi la mitad de la puerta de pasajero. Sentía como el chapoteo mojaba mi rostro, causándome una sensación de libertad, de emoción añadido a toda esa  aventura mía.
- Ten cuidado. Mete los brazos. Mira que acá hay unas culebras que nadan en medio de esta turbulencia...
- ¿De verdad? – Le respondí nerviosamente.
- Si. Y suelen ser muy gigantes…
- ¿Gigantes? ¿Cómo qué tamaño? – Le preguntaba mientras miraba con asombro lo frondoso y agitado con que se agitaban aquellas aguas.
- ¡Me cuentan que son hasta mas grande que esta camioneta! – Yo lo miré en el acto, ya que me asombraba esa información. Pero lo vi de lo mas normal posible.
Aunque él miraba en sentido contrario, por lo que no le vi su rostro.
- Y también me informaron que hay: ¡Hipopótamos!
- ¿Hipopó…Qué…?  Tengo entendido que ellos viven en África.
- ¡Pero también viven en medio de estas selvas salvajes!
- ¿De verdad?   …Será que los trajeron… – Comencé violentamente a mirar a todas partes…Ya me estaba empezando a poner…Nervioso.
- Si y me cuentan los que viven por estos lados. Que son muy peligrosos.
Y son mas grandes que un camión 750. Así que hay que andar con mucho cuidado.
- Tío… ¿Y falta mucho para salir de este río…?
- Bueno solamente tenemos que recorrer casi un kilómetro mas.
- …Y esas culebras viven por estos lares…Y esos mastodontes también…
¿Y qué pasará si se encuentran…?
- Ojalá no estemos cerca… - Su respuesta fue dada con mucha aprehensión.
Mirando a otro sector me indicó…
- ¿Ves a ese lado…?
- ¡¿Qué hay…!?
- ¿No ves nada? - ¿Y qué iba a ver yo? Si andaba tiritando. Asustado y temeroso de que no nos apareciera nada malo. Además la oscuridad reinante me impedía poder detallar algo. ¡No veía nada a mas de medio metro!
- ¿No ves nada…? ¿Será que estás ciego chavalo…?
- Pero… ¿Qué es lo que hay allí…? – En verdad ya no quería ver nada. Pensaba que viviría mejor si no me enteraba de nada.
- …Un elefante. Y es inmenso. ¿No lo ves…? – Y me señalaba con insistencia. Prácticamente detuvo su carro en plena trayectoria, sentía como las oleadas de agua golpeaban con fuerza la carrocería…Y ya me parecía que la iba a voltear.
Y dentro de mi estado de agitación y aprehensión en que me encontraba, temía que se nos apareciera una de esas bestias…O las dos. Y resulta que ahora me viene con el cuento de que hay un elefante. Inmenso. ¡Y yo no veía nada!
- Mira…Mejor nos vamos por otro lado. Ese animal es demasiado grande. Y si no le caemos bien… ¡Nos atacará! – Y a mí esa información me causaba hipo. Frío.
Y hasta escalofrío. Mis mandíbulas comenzaron a agitarse en forma compulsiva.
No tenía control alguno. Pronto un temblor que me había aparecido…
No sé si por las piernas primero y se me irradió al estómago…O si comenzó por mis mandíbulas y se me propagaron a mis brazos.
¡Qué horror! Y yo allí…Solito.  –Porque mi tío alegaba que él se sentía muy feliz en estos ambientes-   Me sentí huérfano. Desposeído. Íngrimo.
…Presentí que mi tío, ¡ni cuenta se daba de cómo me encontraba yo!
- Tío… ¿Y por qué mejor no nos regresamos…? – Le propuse en el momento en que el terror había invadido toda mi humanidad.
Él se me quedó mirando muy seriamente. Pero de repente: ¡Soltó una carcajada!
Y acto seguido, medio sonriente me espetó…
- ¿Regresarnos…? ¡Yo no le tengo miedo a ninguna fiera!
Y espero que mi sobrino que me acaba de asegurar que ¡es muy macho!
No se me vaya a rajar. ¿Oh si…? – Su mirada me pareció como un puñal clavado en mi reputación   -ya me estaba imaginando toda la burla que me haría a partir de tan nefasto momento-    por lo que irguiéndome en mi puesto le informé…
- ¡Yo no soy un cobarde!
- Así me gusta. Que mi sobrino no me haga quedar en vergüenza.
¡No Señor! En mi familia somos: ¡Muy valientes! Y unos ‘animalitos’ me lo van a asustar. ¿Cierto?
- ¡Cierto! – Al parecer mi respuesta fue de su agrado. Y prosiguiendo el camino, se desvió a otra dirección. Pero yo me encontraba en medio de un campo de batalla, en el cual…Yo me sentía el perdedor. Carne de cañón.
Pero no le dije nada, al contrario trataba infructuosamente de que mi temblor no me delatara ante él.
- En anteriores excursiones pude comprobar una pelea letal. – Comenzó relatándome sin verificar mi estado anímico…Por lo que guardé un prudente silencio.
- Un león contra un elefante. ¿Nunca has visto uno…? – Y yo interiormente me hacía la siguiente pregunta: ¿Y cómo voy a verlo yo…?
¡Si es mi primera excursión de este tipo! ¿Acaso no lo sabe él…? (Lógicamente no le informé nada de estas disquisiciones mías, ¡pero me molestaron y mucho!) Así que me vi precisado a responderle con el mejor de todos mis tonos gruesos…
- No tío. Nunca he sido testigo de eso. A duras penas he visto peleas entre amigos míos, en la escuela o cerca de mi casa.
- ¡Ah! Bueno te voy a contar. Porque presiento que este tema es de tu agrado.
(Mentalmente rechazaba este tipo de relatos. No deseaba enterarme de nada de esto. Y mucho menos en este medio ambiente.) Y sin prestarme atención alguna y sin esperar mi consideración, arrancó con el siguiente relato…
- Venía yo en cacería, buscaba venados. Cuando fui testigo de cómo un elefante de mas de catorce metros de altura y con una trompa que le medía mas de…Cinco metros.
Pues venía caminando muy tranquilo sin fijarse en que unas crías de una leona que andaba cerca.
Y sin fijarse… ¡Le pisó su colita!
Y de inmediato la cría se le fue a quejar a su madre. Y esta fue a buscar al Rey de la Selva y le reclamó de esta forma…
- Mira Padre, ese elefante falta de respeto, le pisó sin misericordia alguna la colita de tu propio hijo. ¡Y lo peor: No pidió la disculpa respectiva!
- ¿Y qué quieres que haga yo? – Le respondió él, adormilado.
- ¡Mátalo para que no lo vuelva a hacer! – Y en medio de este relato ¡por supuesto que no me cuadraba! y eso de: ¡Mátalo para que no lo vuelva a hacer!
¿Y cómo lo va a volver a hacer, si ya está muerto…? Me preguntaba.
Y me decía: ‘Esto no me cuadra muy bien’ 
Pienso que es una mentira…Otra mas.  –Por supuesto, tampoco tuve el valor de refutárselo-  Pues si lo hacía podía recibir un bofetón como respuesta a mi falta de respeto.
Por lo que callé. Y me dediqué a escucharlo   -¿Podía hacer otra cosa…?- Y él sin percatarse de todas mis dudas, continuó impertérrito su asombroso relato.
- ¿Sabes de qué tamaño era…? ¡Pues medía mas de seis metros de altura! Y con una hermosa melena que le llegaba al suelo. – Y pensé: “¿Cómo podía caminar así, ah? Con toda seguridad, ¡que se enredaría y caería como todo un gafo! Bueno esto entra dentro de mi esfera de pensamientos…Ni loco que se lo hubiera dicho. Y mientras andaba en mis pensamientos, le escuché que seguía afanado con su versión… 
- ¡Y como respuesta lanzó un rugido que enmudeció a toda la selva!
Los árboles revoloteaban de rama en rama.
Los monos chillaban aterrados. – Y yo como un baboso, me imaginaba en mi mente cómo brincaban esos animalillos…- Y en esas andaba cuando me volvió a la realidad al escuchar lo emocionado que estaba en su narración…
- Los pájaros levantaron su vuelo y llegaron hasta el cielo, escapando de esas fieras. ¡Y ese rugido hizo temblar la tierra! La tierra se movió y se desplazó unos… ¡Diez metros! Las aguas se volvieron locas y se agitaban en el cielo a unos… ¡Cien metros!
Sobrino y no me da pena confesártelo… ¡Me mojé los pantalones! – Me miró muy serio y hasta me juró haciéndose la señal de la cruz y besándose uno de sus dedos. Pensé que era cierto. Y él mirándome fijamente continuó…
- ¡Es mas, mi escopeta se partió en dos pedazos! Y por un lado cayeron todas las municiones que cargaba en mi mochila. Este río que ves…Se le alzaron sus aguas y formaron unas olas que subieron hasta la copa de esos árboles… ¿No lo ves?
- No.
- Bueno…Creo que fue otro. ¡Pero tómalo como un ejemplo! ¿Ok?
¿Es que estás ciego chavalito…? ¡Estás ciego! Mira para poder captar muy bien un cuento o relato; ¡tienes que utilizar tu imaginación!
¿Por qué si no…Cómo lo vas a entender…? …Bueno siguiendo con el relato…Yo me sentí muy nervioso. ¿Y cómo me voy a quedar yo, si todos huían despavoridos…? Y fue cuando entonces escuché un sonido que nunca había escuchado… ¿Y quieres saber qué me dijo…?
- ¡Cla,cla,clarooooo! – Alcancé a responderle.
- ¿Y qué estás esperando…? ¿No ves que estás muy cerca…? – Y fue cuando me di cuenta que estaban a menos de… ¡Un metro de mí! Y entonces armándome de valor les increpé: ¿Y no me respetan  a mí? ¿No ven que yo estoy aquí…? – Y ellos se sorprendieron por la forma tan valiente y resuelta con que los regañé, que se me quedaron mirando asombrados y temerosos. ¡Porque me tenían terror!  
…Y lo peor era que no me daba cuenta de esto.
¡Hasta que los vi! Los dos comenzaron a temblar como si fuesen unas comadrejas.
- ¿Y qué hicieron…?
- ¡Se fueron en estampidas! Vi como escapaban de mí, todos los elefantes y todos los leones. Y hasta los pude contar: ¡Habían mas de cien elefantes y como doscientos leones! Y todos huyeron en estampidas. ¿Qué te parece sobrinito mío? Me respetan.
¡Todos en estas selvas me respetan y me tienen: Pavor!
Para que lo sepas. Y esto que te estoy contando, no se lo vayas a contar a tus padres…Ellos son muy nerviosos.
Y hasta te podrían prohibir a volver conmigo. Y eso no me gustaría. Porque sabes hijito…Ya me está gustando venir a cazar contigo.
Me divierto mucho. – Ya estaba empezando a sospechar el por qué mi madre y mi padre no les agradaba mucho el que yo viniese con este tío mío.
Pero en la inocencia de mi adolescencia nunca les hice caso.
Pero ya estaba comenzando a sentir mis sospechas.
…Temblaba en medio de mi holocausto. Tiritaba en medio del horror que aquellas sombras y esos extraños sonidos producían en mi humanidad.
Presentía que si lograba salir vivo de todas estas locuras…
Con toda seguridad: No volvería a venir en esto de ‘las cacerías’



   



















© Bernardo Enrique López Baltodano 2017









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