Así no es...


                              B.E.L.B.














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-      Pienso Andrés, que esa no es la mejor forma para educar a un hijo. (Me da mucha pena, el tener que confesarte esto. Pero.)
Y tendrás que perdonarme, ya sé, que tu dedicación es al mil por ciento. (Lo veo, constantemente.)
Pero también debes tener en cuenta: ¡Qué es necesario reprenderlo! Educar no es necesariamente: Castigar.
No es conveniente darle todo cuanto pide.
¡Es mi opinión! Discúlpame si te ofendo          -cosa que no es mi intención-    al contrario, como amigo que soy tuyo         -y que te aprecio-   es que me atrevo a decírtelo, ¡aun corriendo el riesgo de que te enojes conmigo! – El ya citado, se pasó su mano derecha sobre su escasa cabellera. No dio muestras de enojo alguno.
Meditó unos instantes, su mirada se perdió en la profundidad de su análisis. Y sin quererlo, retornó a su infancia, a la forma como él mismo fue educado. Y en efecto, él no estaba criando a su hijo, tal como lo hizo su propio padre. ¡Ah qué de vivencias tuvo!
Y después con la mejor de sus sonrisas, le dijo…
-      ¡Hombre Miguel! Sabes muy bien que te aprecio y entiendo que cada una de tus palabras brotan de lo mas profundo de tu corazón. ¡Es mas, sé que tú eres tan igual cómo yo mismo!
-      No compañero. Lamento tener que contradecirte, pero no somos iguales. ¡Para nada!  Yo reprendo a mis hijos. (Y mucho.)
Y los mantengo con “la cuerda cortita” ¡porque me he comprobado a mí mismo! (Oye y es cierto!)  
Que no les estoy haciendo un bien, malcriándolos en todo lo que me pidan. – Andrés dio media vuelta y haciéndole señas con sus manos, le dijo…
-      Cuando yo era un niño: Mi padre nunca llegó a consentirme.
Era muy severo. Siempre me reprendía. Por todo. Y bastaba que alguien se fuera a quejar de mí, para que me cayera “a cuero limpio”
¡Fue muy bárbaro conmigo!
No me dio ni siquiera: ¡Una oportunidad! – Respiraba con dificultad, el volver a hechos pasados no le causaba buena impresión. Pero lo hizo, era necesario.
-      ¡Bueno eso es lamentable! Es muy triste oír eso…
Pero peor es andar de extremo a extremo.
-      ¿Cómo así?
-      Tú padre era muy estricto contigo ok. ¿Y tú?
¡Eres demasiado condescendiente! Con tu hijo.
Son los extremos. Entiéndelo. -  Reflexionó otro tanto mas.
Y convino con lo siguiente…
-      Cierto. Pero es que si lo reprendo     -y es que me vuelvo a mí pasado-           y no deseo eso mismo a mí pobre hijo.
De verdad: que no.
No sé, si logras comprenderme. – Al parecer con estas últimas palabras daba por zanjada esta conversación.
Cambiaron de tema y entraron en otras disyuntivas.
Y así fue pasando el tiempo en esa diatriba constante en la que ambos  discurrían en sus tiempos de ocio.
En otra ocasión, posterior a esa de la conversación, Miguel fue testigo cuando el hijo menor de su dilecto cuate  de chanzas,  había  llegado  de  la  escuela   con   algunas   cosas  
-que su padre no le había comprado-      y llamó poderosamente su atención, y fue testigo de la forma en cómo lo encaró…
- Hijo mío… ¿Qué traes en tus manos…?  No recuerdo haberte comprado ese morral. – Su hijo sin darle importancia, pasó a su lado y le respondió…
- ¿Ah, el morral…? Me lo conseguí tirado en el pupitre de un compañero y cómo él no estaba, me lo traje.
- ¿Ah, te lo regaló él…?
- Si. Digamos que sí. – Y sin darle la mayor importancia siguió su camino a su cuarto.
- ¡Yo sé que él se lo está guardando y en cuanto lo vea, se lo devolverá! ¡Ya tú lo verás! – No le quedó mas remedio que responderle…
-  Aja. Si tú lo dices… - En silencio, comenzó a analizar este caso…
Y pensó para sí mismo, al ver a su amigo, tan pasivo.
“¿Qué le pasará? ¿Cómo va a dar por cierto eso? Si el chamaco le está diciendo que su compañerito no estaba…
¿Y si no estaba, cómo pudo regalárselo…? Nada.
Se adueñó de algo que no le pertenece. Así de sencillo.
Eso no es suyo. ¡Tan sencillo como eso!  Y él lo sabe.
¿Por qué se lo trajo? Para mí…Eso es un hurto.
Se ha apropiado de algo que no es suyo. Y su padre se lo acepta.
…Mejor no me sigo metiendo. ¿Total?” – Y mientras hacía sus propias conclusiones, su anfitrión le llegó con “su cara bien lavada”  tratando de justificar, lo injustificable.
-      ¿Viste? Pero yo le creo a mí hijo. Él es incapaz en apoderarse de algo que no suyo. ¡No señor! No le he enseñado a él que haga ese tipo de cosas. – Y comenzó a tararear, sin darle ningún tipo de importancia.
-      “Mejor es que no me siga metiendo en problemas que en realidad no son míos. Pero qué barbaridad. Cómo se hace de la vista gorda….A mí mi padre, no me lo hubiera perdonado, como yo tampoco a ninguno de mis hijos. Pero…” – No quiso terminar su frase.
Creyó que estaba pecando en contra del que desde que eran niños han sido unos colegas en esta vida…
Tampoco le gustaba que cuando él llegaba, el hijo ni siquiera lo miraba. Ni siquiera lo saludaba. Y eso no está bien.
Pero: ¿Qué puedo hacer? Tan solo soy un visitante.
(Pero la verdadera educación comienza es: En la casa.
Y si nosotros que somos los padres no instruimos a nuestros propios hijos… ¿Quién lo hará…? Pero así es la vida.)
…Hay situaciones en las cuales: Es mejor callar.
Porque: Calladito, te ves mejor.


…Porque las apariencias, en ocasiones engañan…Y casi siempre…Importancia no le damos.
Y  de tanto en tanto cuenta nos damos  que sólo son eso: “Fachadas”




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